Una institución universitaria es, en gran parte, lo que sean sus directivos y sus profesores. Pero ni unos ni otros se encuentran en estado “puro” o ideal. Se hacen y se seleccionan en un proceso lento y a veces doloroso. Pero por otra parte se tiene la ventaja de que existen modelos, tanto antiguos como actuales, que se aproximan a este ideal difícil. Ellos nos animan a caminar, siguiendo penosamente pero con entusiasmo sus huellas. Si una universidad logra asegurar la excelencia de sus docentes, tiene asegurada, en buena proporción, su excelencia como institución de educación superior.

Ensayo de Enrique Neira Fernández

1. Actitudes fundamentales del buen docente

Buscando acercarnos al ideal del docente auténtico, encontramos que se requieren varias condiciones, que enumeramos de manera tentativa.

  • Estima de su condición de educador

Lo primero que se desea es que el docente aprecie su propia condición como una importante función social y asuma su ejercicio no por necesidad o porque no se puede hacer otra cosa, sino por vocación. Lamentablemente el ejercicio de esta profesión no goza de un alto status social y mucho menos de una adecuada remuneración económica en nuestro medio. Pero se la puede asumir como misión, ingrata y dura con frecuencia, pero que también tiene sus satisfacciones y realizaciones plenificantes. Estas no suelen ser inmediatas, sino que maduran con el correr de los años y se cosechan al ver que los esfuerzos realizados cuajan en nuevas generaciones de hombres y mujeres bien formados, líderes benéficos de la sociedad.

  • Sincero aprecio por la juventud de hoy y por el alumno concreto

Sólo sobre esta base se puede trabajar en la educación superior de la juventud. De este aprecio nace fácilmente el contacto directo y personal con los alumnos universitarios. El diálogo profesor-alumno alimenta el mutuo aprecio y respeto.

  • Excelencia académica y competencia profesional

Es la aplicación del antiguo adagio latino: “Nemo dat quod non habet” (Ninguno puede dar lo que no tiene). Si se quiere trasmitir la ciencia, la cultura amplia, la especialización, uno como docente tiene que estar imbuido de ellas. El atractivo del prestigio personal permite influir positivamente sobre las personas de los universitarios y servir de modelo de identificación para los futuros profesionales. Esto implica en el docente el universo de su sólida formación profesional y abarca el amplio abanico de sus competencias culturales y psicológicas.

  • Educación permanente

El docente debe actualizarse constantemente respecto de sus actitudes personales, de los contenidos de las materias que imparte y de los métodos pedagógicos que utiliza. Nuestra misión requiere una continua prontitud para renovarnos y adaptarnos. Y mas cuando el cambio es tan rápido.

  • Capacidad para comunicar el saber y los saberes

No bastan los conocimientos ni el ser uno eminente en su profesión, o en las ciencias, o en las técnicas de su especialización. “El mundo no necesita buenas ideas, sino gente capaz de expresarlas” (James Keller). Todos podemos citar nombres de técnicos muy diestros, de excelentes profesionales, investigadores notables, verdaderos “pozos de ciencia”, pero lamentablemente incapaces de hacerse entender por un grupo de universitarios, o de influir en la formación de su personalidad. Mucha ciencia, pero carencia para comunicarla. Tenemos que aprender o comunicar la ciencia y la técnica, si queremos ser docentes universitarios. Un buen profesor, moderno y actualizado, tiene que acumular aportes invaluables de la psicología y de las ciencias pedagógicas.

2. Funciones del buen docente

Un buen profesor es aquel que logra desarrollar los capacidades intelectuales de sus alumnos y formarlos científicamente. Para ello es importante una buena ejecución de los siguientes procesos educativos:

  • Formar la inteligencia más que la memoria de sus alumnos

– El cultivo de la memoria sigue siendo útil y aun a veces indispensable para mantener a la mano muchas cosas que se necesitan para la vida práctica, para la investigación científica o el ejercicio profesional. Dentro de ciertos límites y con las debidas matizaciones, impuestas por la moderna psicología, conserva todavía algún valor el viejo adagio de Cicerón: “Memoria excolendo augetur” (la memoria se acrecienta con el ejercicio. Una memoria que jamás se ejercita difícilmente puede rendir frutos. Sin embargo, por el exceso de memorismo y enciclopedismo en que se cayó en anteriores épocas, hay que seguir teniendo cuidado de no caer de nuevo en lo que Paolo Freiré llamó “la educación bancaria”. Es decir, en asumir la cabeza del alumno como si fuera una cuenta bancaria en la que el profesor deposita información, que exigirá o su debido tiempo en forma tal vez implacable, como puede exigir el dinero depositado en su cuenta corriente. No podemos además olvidar que, con las innovaciones tecnológicas en informática, nuestros alumnos tienen cada día más fácil acceso a bancos de datos y redes que les suministran casi todo el material de información que necesiten para sus tareas, análisis y trabajos de investigación. Hay menos necesidad de recargarles su propia memoria biológica. Hay que insistirles en que se metan ya a detectar y bajar información de los grandes “sites” del actual Word Wide Web, cada día más a su alcance.
– Junto con los conocimientos, las informaciones y las técnicas (que siempre conservan su importancia), el buen profesor trata de formar el intelecto del estudiante. En otras palabras, busca la manera de fomentar la capacidad de raciocinio del estudiante, estimular sus capacidades críticas para juzgar los hechos, teorías, argumentos, doctrinas, personajes, sistemas.

Todo esto se puede lograr sin necesidad de formar mentalidades escépticas o agnósticas, ni mucho menos personalidades cínicas, inclinadas a repetir con autosuficiencia aquella frase de Pilatos:”Y qué es la verdad?”.

El buen docente fomenta en su alumno el espíritu investigativo, el hábito de la lectura, la capacidad de crítica sana, objetiva y madura; 1os hábitos de trabajo intelectual, la motivación para seguir estudiando y aprendiendo durante toda la vida, no por obtener una buena nota y aprobar un curso, sino para acrecentar los propios conocimientos, para ser una persona mas competente y por lo mismo más útil a 1a sociedad.

Pero para formar estas cualidades en los universitarios, el profesor tiene que poseerlas; tiene que servir para ellos de modelo de identificación. George Harvey, entrenador de basquet de Brooklyn, dijo a sus jugadores que tenían que leer un libro cada semana si querían permanecer en el equipo. Uno de los jugadores afirmaba más tarde: “George hizo que muchos de nosotros fuéramos a la universidad”. Ojalá que nosotros los profesores universitarios supiéramos estimular el ansia de leer, de aprender y de investigar, como lo hizo este sencillo entrenador de baloncesto.

  • Facilitar el desarrollo de habilidades y destrezas

No debemos caer en practicismos y utilitarismos. Pero nunca se insistirá debidamente en la importancia de la práctica, los trabajos de campo, los ejercicios y talleres, la aplicación de los conocimientos, ya desde los primeros semestres de universidad.

3. Docencia y formación integral

Formación integra! es un término que abarca muchos aspectos. Y señala un ideal casi inalcanzable. Incluye -entre otras dimensiones también importantes- la formación deportiva y en salud; psicológica, artística y cultural; intelectual y de carácter; social, ética, política; espiritual y religiosa…

La docencia debe incluirse y moverse dentro de un marco más amplio y abarcador como es el de formación integral o educación superior. Por ello, las palabras “docente” o “profesor” resultan cortas o pobres para expresar toda la tarea que abarca el concepto de acción educativa. “Maestro”, “formador, “educador” resultan conceptos más amplios, que trascienden la mera transmisión de conocimientos y 1a simple formación de destrezas, técnicas o habilidades.

En cuanto docentes, en la universidad tenemos que asumir también las exigentes tareas de ser “formadores” y “educadores”. El término latino ” educere “significa “sacar de algo lo que está potencialmente contenido en ello”. Educador es, así, “el que ayuda a crecer, a partir de lo que se tiene”. En cada uno de nuestros estudiantes existen “en potencia” (en posibilidad de llevarse a realización) energías latentes, tesoros millonarios (más que el fuego, el agua, el átomo) que sólo esperan a alguien que los ponga en movimiento, los libere, los ayude a actuar.

El poeta Becquer en una de sus famosas rimas aludía al arpa olvidada y cubierta de polvo, en algún rincón oscuro del desván, arpa en la que duermen melodías de infinita belleza, en espera del artista que la haga estremecer (“Ay, pensé, cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma/ y una voz como Lázaro espera/ que le diga: Levántate y anda”).

El buen docente -fuera de ser eminente en conducir el proceso de enseñanza-aprendizaje de su propia área- es el que contribuye también a formar la personalidad total del universitario en los aspectos intelectual, cultural, artístico, deportivo, ético y religioso; en los campos de la salud física y mental; en la maduración de la personalidad; en la actitud de servicio a la sociedad en la cual vivimos. Personalidad total que deberá caracterizar al egresado.
Este compromiso del docente para ayudar a formar hombres capaces de hacer historia (Puebla # 274), lo lleva a la practica el profesor:

  1. Primero que todo, por la integridad de su propia conducta y desempeño, que lo constituye en modelo de identificación para sus alumnos.
  2. Segundo, a través de la colaboración y apoyo que desde su diferente área (matemáticas, disciplinas de la salud, diseño, economía, ingenierías, computación…) preste a la labor intencional de tipo humanístico, ético y social de las varias Facultades y Escuelas.
  3. Tercero, a través de la colaboración y apoyo a toda el área de Extensión de la Universidad, que precisamente prevé y organiza actividades culturales, deportivas, recreativas, altruistas y de todo tipo (por fuera del sector académico), con miras a una mejor educación y formación integral de los universitarios.

Ensayo de Enrique Neira Fernández