En este día tenemos que acordarnos de aquellos maestros de campo que día a día intentan dar todo para que cada uno de sus alumnos puedan encontrar el camino para ser una persona completa con todos los mejores valores. por eso una historia se dice todo:

Maestras de campo- Luis Landriscina

Por la pereza del tiempo el otoño estaba tibio, ya que en el Chaco, el verano es como dueño del sitio. Y a veces demora en irse sin importarle el destino. Por eso es que aquella tarde cuando bajó en la estación del lerdo tren en que vino su cuerpito era una brasa por nuestro clima encendido. Y se quedó en el andén como asustada y con frío por ser mucha juventud pa´terreno tan arisco. A más mujer, buenamoza y en pago desconocido. Y allí se quedó parada en vago mirar perdido por, por querer disimular su temor a estar tan sola y sin saber el camino. Pero al momento nomás, las toscas manos de un gringo, callosas de tanto arar y de pelearlo al destino se acercaron bondadosas y con ternura de niño le dieron la bienvenida en nombre de la escuelita que hace mucho la esperaba triste en el medio del monte pa que alegrara a sus hijos. Subieron al viejo carro de aquel colono sufrido, y comenzaron a andar entre una nube del polvo por el reseco camino.
Cuando llegaron al rancho la noche ya había encendido sus farolitos del cielo y el canto triste del grillo, y fue por eso tal vez que entre las cuatro paredes de aquel su humilde cuartito una angustiosa tristeza entraba a clavar cuchillos como queriendo matar esa noble vocación que en su pecho había nacido. Pero llegó la mañana y el sol con todo su brillo desdibujó las tinieblas que habían querido torcer las huellas de su destino. Y aunque llorando por dentro masticando soledad en aquel lejano sitio puso firmeza en el paso y fue a buscar el amor de aquel puñado de niños que hace mucho la esperaba en la escuelita de campo clavada en pampa del indio. Y desde entonces su vida se hizo horcón de guayacán se hizo paredes de adobe se hizo terrón para el quincho y armó con todos sus años aquel rancho para el alma con un letrero invisible que decía en letras de amor “Aquí hay saber y cariño”. Y fueron 30 los años y fueron muchos los niños que luego se hicieron hombres y mandaron a sus hijos. Ella, ella no pudo tenerlos porque la flor de su vida se marchitó entre los montes y nunca llegó el amor a golpear en la ventana de su rancho de cariño. La escuela, la escuela le había pedido hasta ese sacrificio que se quedase soltera porque precisaba intacto todo el amor que tuviera para entregarlo a los chicos. Y en eso, en eso de darlo todo, un tibio día recibió en una nota oficial algo que la estremeció: después de mucho esperar el concejo le anunciaba que había sido jubilada en premio por su labor. ¿Era premio o era castigo? Mil veces se preguntó. No se vaya señorita, quédese a vivir aquí, si nosotros la queremos por qué se tiene que ir. Esas voces y unas manos que se agitaban sin ruido fueron únicos testigos de aquella amarga partida. Ella entraba en el olvido allí dejaba sus años allí dejaba su vida.
La polvareda del sulky y manitos color tierra fueron su único homenaje en aquella despedida. ¡Adiós señorita Rosa! ¡Adiós maestra de campo! En usted a todos les canto los maestros de mi tierra no sé si mi estrofa encierra y expresa lo que yo siento, pero tan solo pretendo oponer a tanto olvido mi simple agradecimiento, ya que la Patria les debe el más grande y merecido de todos los monumentos.

 

Feliz Día para todos los maestros de nuestro lindo país y del mundo.